Cuestiones de peso (I)

Hace unos días, tras una mañana de patinaje sobre hielo, fui con mi familia a almorzar a un restaurante. El dueño reposaba sentado en la terraza, en espera de clientela. Este señor tenía tales dimensiones que calificarle sucintamente de obeso mórbido sería una mentira piadosa. En la sobremesa entablamos conversación. Le contamos qué veníamos de hacer y, para mi estupefacción, se reveló como entusiasta de la práctica del patinaje, así como del esquí alpino de fondo. Tuvo que notar mi incredulidad, y añadió:

–Pero, claro, de esa época de mi vida hace mucho…

–¿Ah, sí?–respondí estúpidamente.

–Sí, sí…–dijo él– por lo menos, unos cincuenta o sesenta kilos…

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Published in: on noviembre 6, 2011 at 10:04  Comments (4)  
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Me duele España (IV)

Al alzar la vista se topó con los ojos del criminal. Un escalofrío recorrió su espalda. Por un instante se sintió paralizado, pero no había tiempo que perder. Acabó de ajustarse el nudo de la corbata, se retiró del espejo y se fue a besar niños y a abrazar ancianos, en el primer día de campaña electoral.

Published in: on agosto 7, 2011 at 17:21  Comments (4)  
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Adolescencia eterna

Recuerdo la primera parte de mi existencia como una lucha constante. Tengo un padre autoritario; algunos dirían tiránico. Está acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo desde tiempo inmemorial. No soporto que se niegue a razonar sus directrices, y me resulta especialmente irritante su total carencia de sentido del humor. Hubiera sido más fácil emanciparme de él si nos hubiéramos querido menos, pero precisamente su amor le impedía comprender mis necesidades, mi ansia de libertad. ¿Acaso no tenía yo todo lo que necesitaba? ¿acaso no había previsto él todo para que yo llevara una vida plácida y ordenada como sus otros hijos? Y quizás ése ha sido uno de mis mayores obstáculos: ninguno de mis hermanos mayores osó jamás llevarle la contraria en lo más mínimo. Cuando decidí seguir mi propio camino, ellos reconocían envidiarme, pero ningún otro se atrevió a dejarle.
Mi padre aún no ha superado mi desobediencia. Desde el principio, me advirtió de que, si me alejaba de su lado, sería para siempre. Vanos fueron los intentos de mis hermanos para hacerle entrar en razón.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui expulsado del reino de mi padre. Sé que ambos nos echamos de menos. Nos queda toda la eternidad para reencontrarnos, y también sé que, precisamente por ello, ninguno de los dos dará el primer paso, aunque condenemos al cielo y a los infiernos a una guerra perpetua en la tierra…

Published in: on junio 19, 2011 at 14:05  Dejar un comentario  
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Evidencias y conclusiones (I)

Un buen día, mientras se afeitaba, se dio cuenta de que no se reconocía en el espejo. Aquel rostro no era él. Al cabo del rato, repasó los mensajes de su contestador automático; oyó su propia voz en el saludo de bienvenida y no la identificó como suya. Más tarde revisó unos antiguos escritos de juventud, buscando el borrador de un viejo poema. Sintió un frío desdén por lo escrito y no comprendía cómo, en algún momento de la vida, pudo habérsele ocurrido algo así. Llegó al colmo de su estupefacción por la noche, durante la cena en casa de unos amigos. En la sobremesa vieron unos viejos vídeos de una celebración anterior. La visión de sí mismo en pantalla le era completamente ajena.

De madrugada, tras horas de vigilia, llegó a la conclusión de que la hipótesis menos pavorosa era haber asistido a una demostración de la existencia de su alma.

Published in: on enero 16, 2011 at 23:45  Comments (5)  
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Curso acelerado de economía de mercado

La vida es una rueda, dijo el especulador: a veces estás arriba, a veces abajo. Mi vida es una rueda pinchada, respondió el obrero.

La caza

Mientras le daba el rifle le dijo al niño: No olvides que lo último que la presa ve son tus ojos.

Su hijo le sostuvo la mirada un segundo.

Published in: on diciembre 27, 2010 at 10:19  Comments (8)  
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Fama y fortuna

Estoy resuelto a abandonar mi vida mediocre. Merezco algo mejor. Merezco lo mejor. He decidido vivir de mi ingenio. Me pongo un batín de seda, creo un blog literario y publico un relato breve: la historia de un escritor psicópata que ejecuta a los lectores a quienes no les gusta su trabajo y asesina a los que sí les gusta. Me acomodo frente al ordenador, con el teléfono cerca, y espero pacientemente el aluvión de llamadas de los mass media que a buen seguro se avecina. Tras una espera más que prudencial, veo que el contador de visitas de mi página refleja un número redondo. Espero aún más.

He de cambiar de estrategia. Me levanto, limpiando las telarañas que han surgido entre mi nariz y la pantalla del ordenador, y me doy un masaje en las articulaciones para aliviar el rigor pre-mortis de los días de inactividad. Decido seguir una estrategia analógica. Imprimo unos folletos con mi relato (media página), mi biografía (tres páginas) y algunas fotos mías (doce páginas). Llamo puerta a puerta a los vecinos de mi urbanización haciéndome pasar por testigo de Jehová, cobrador del frac, inspector de hacienda, repartidor de Mercadona y/o puto. Casi nadie me abre. Dos me abren (sus puertas) y me echan sus perros encima (uno de ellos, además de hambriento, dado al humanismo). Otro me abre y, tras echar un vistazo a mi folleto, agarra un fusil de caza que tiene en el paragüero. Salgo por patas. Nuevo cambio de estrategia: mando imprimir mi relato a gran formato, en tamaño din-A1, y agarro mi grapadora industrial de aire comprimido. Me encamino al centro de mi ciudad dispuesto a empapelarlo con mi literatura. Empiezo por un ridículo trasto viejo que hay abandonado en mitad de la calle. La primera grapa produce un aullido sobrecogedor en el monigote. Ups: es una estatua humana.

Me han quitado las esposas por un rato, para que pueda comer y llamar a mi abogado. Realmente es verdad que, en España, escribir es meterse en problemas.

Published in: on diciembre 25, 2010 at 23:49  Dejar un comentario  
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Variaciones sobre un tema de Kafka (I)

Cuando el Presidente del Gobierno se despertó tras un sueño agitado, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso excremento. Nadie notó la diferencia.

Published in: on diciembre 24, 2010 at 18:07  Comments (1)  
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La jungla de asfalto

Es un placer pasear por las animadas calles de una gran ciudad en estas fechas, previas a la Navidad. Las luces, los adornos… y el espectáculo inacabable de la gente: familias orondas, magros perroflautas,  hábiles carteristas que aligeran los bolsos de señoras ataviadas como el Queen Mary el día de su botadura…

Del sinnúmero de especies que pueblan la jungla de asfalto, una de las que más me llaman la atención es la de las estatuas humanas, del género pedigüeños estáticos. Ora ingeniosas, ora lamentables, hacen del centro urbano una especie de museo a la intemperie. Ayer mismo paseaba por la calle más populosa de mi ciudad y me quedé observando a uno de estos artistas de la quietud. Llevaba unos atavíos tan desagradables a la vista como refractarios a la descripción. Digamos que era una macabra hibridación entre teleñeco y bruto mecánico, sobre la que hubiera depositado sus deyecciones una bandada de gaviotas alimentadas con una estricta dieta de bolas de papel de aluminio. Me quedé observando el sinfín de hórridos detalles del disfraz y conjeturando alguna psicopatología del actor cuando, he de admitirlo, debió vencerme la modorra. Soy capaz de dormirme de pie como las aves, lo que considero una facultad más que una tara. El caso es que debí pasar así varios minutos. Un suave tintineo acabó con mi vertical siestecilla. Al abrir los ojos, me topé con la torva mirada del antedicho monstruo, y, a mis pies, una no despreciable cantidad de dinero en calderilla. Los viandantes me habían tomado por otra estatua humana y premiaban mi performance más generosamente que la del metálicamente defecado engendro. No les cansaré con el altercado subsiguiente: baste revelar que volví a mi hogar con mi honra y mis dádivas íntegras.

Digamos que he descubierto, no una vocación, pero sí una lucrativa forma de redondear mis ingresos.

Published in: on diciembre 11, 2010 at 00:59  Comments (1)  
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