Adolescencia eterna

Recuerdo la primera parte de mi existencia como una lucha constante. Tengo un padre autoritario; algunos dirían tiránico. Está acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo desde tiempo inmemorial. No soporto que se niegue a razonar sus directrices, y me resulta especialmente irritante su total carencia de sentido del humor. Hubiera sido más fácil emanciparme de él si nos hubiéramos querido menos, pero precisamente su amor le impedía comprender mis necesidades, mi ansia de libertad. ¿Acaso no tenía yo todo lo que necesitaba? ¿acaso no había previsto él todo para que yo llevara una vida plácida y ordenada como sus otros hijos? Y quizás ése ha sido uno de mis mayores obstáculos: ninguno de mis hermanos mayores osó jamás llevarle la contraria en lo más mínimo. Cuando decidí seguir mi propio camino, ellos reconocían envidiarme, pero ningún otro se atrevió a dejarle.
Mi padre aún no ha superado mi desobediencia. Desde el principio, me advirtió de que, si me alejaba de su lado, sería para siempre. Vanos fueron los intentos de mis hermanos para hacerle entrar en razón.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui expulsado del reino de mi padre. Sé que ambos nos echamos de menos. Nos queda toda la eternidad para reencontrarnos, y también sé que, precisamente por ello, ninguno de los dos dará el primer paso, aunque condenemos al cielo y a los infiernos a una guerra perpetua en la tierra…

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Published in: on junio 19, 2011 at 14:05  Dejar un comentario  
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Noche de paz, noche de amor

La cena de Nochebuena tuvo lugar, este año, en casa de uno de mis primos. Seguimos un ritual acrisolado por el paso del tiempo. Cuando ya hemos llegado todos, tomamos un aperitivo durante el que, los que no nos vemos frecuentemente, nos ponemos al día de nuestras aventuras y desventuras. Siempre tenemos palabras de recuerdo para los que nos han dejado durante el año anterior, y es que cada vez somos menos. Luego, justo antes del primer plato, llega el momento del sorteo. Todos sacamos, sin mirarla, una perla del saquito de terciopelo que preside la mesa. Cuando estamos listos, abrimos la mano y mostramos lo que hemos obtenido. Todos tienen una perla ámbar salvo dos: este año, yo he sacado la perla negra, y a una de mis cuñadas le ha tocado la perla roja. Éste es el momento más difícil de la noche y hay que actuar con rapidez y limpieza. No es la primera vez que saco la perla negra y sé bien qué hacer. Sin dudar agarro el cuchillo que hay bajo el saco de las perlas y se lo hundo a mi cuñada justo bajo el mentón, seccionando su laringe y todos los nervios importantes que parten de la base craneal. Mi hermano, delicadamente, le cierra los ojos y le da un beso de despedida. A partir de ese momento, todo el mundo pone de su parte: los hombres están pendientes de las brasas de la barbacoa, mientras las mujeres desuellan el cadáver y preparan la carne. Es increíble lo poco que tardamos en estar todos sentados nuevamente a la mesa. La cena discurre en un ambiente entrañable, en el que la mayoría de las conversaciones giran en torno a la persona sacrificada, celebrando sus buenos momentos y obviando, piadosamente, sus defectos y miserias.

Cuando me reincorporo al trabajo, me causa desazón participar en charlas en que la gente se queja de sus cenas de Nochebuena. Yo siempre les digo, en un tono un tanto paternal, que no se quejen; que disfruten de los momentos en que la familia está reunida, pues uno nunca sabe qué deparará el futuro.

Published in: on enero 6, 2011 at 20:03  Comments (4)  
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