Adolescencia eterna

Recuerdo la primera parte de mi existencia como una lucha constante. Tengo un padre autoritario; algunos dirían tiránico. Está acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo desde tiempo inmemorial. No soporto que se niegue a razonar sus directrices, y me resulta especialmente irritante su total carencia de sentido del humor. Hubiera sido más fácil emanciparme de él si nos hubiéramos querido menos, pero precisamente su amor le impedía comprender mis necesidades, mi ansia de libertad. ¿Acaso no tenía yo todo lo que necesitaba? ¿acaso no había previsto él todo para que yo llevara una vida plácida y ordenada como sus otros hijos? Y quizás ése ha sido uno de mis mayores obstáculos: ninguno de mis hermanos mayores osó jamás llevarle la contraria en lo más mínimo. Cuando decidí seguir mi propio camino, ellos reconocían envidiarme, pero ningún otro se atrevió a dejarle.
Mi padre aún no ha superado mi desobediencia. Desde el principio, me advirtió de que, si me alejaba de su lado, sería para siempre. Vanos fueron los intentos de mis hermanos para hacerle entrar en razón.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui expulsado del reino de mi padre. Sé que ambos nos echamos de menos. Nos queda toda la eternidad para reencontrarnos, y también sé que, precisamente por ello, ninguno de los dos dará el primer paso, aunque condenemos al cielo y a los infiernos a una guerra perpetua en la tierra…

Published in: on junio 19, 2011 at 14:05  Dejar un comentario  
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Variaciones sobre la leyenda de El Holandés Errante (II)

Hace muchos años, según cuentan los antiguos, había un marino mercante conocido por pilotar el buque más rápido de los que recalaban en Rotterdam. Eric (tal era su nombre) tenía un hijo recién nacido al que adoraba. El bebé cayó muy enfermo y ningún médico daba con el remedio de su mal. Desesperado, Eric consultó a las viejas gitanas del puerto; se miraban entre sí, pero ninguna parecía querer hablar. Una de ellas, venciendo las reticencias de todas, le confió la existencia de un ermitaño que vivía en un inhóspito pedregal en mitad del mar de Arán. Este ermitaño, al parecer, conocía algas con propiedades milagrosas, capaces de sanar cualquier dolencia. La gitana tomó del brazo a Eric e insistió en que los remedios del ermitaño eran un último recurso, sólo para casos de extrema necesidad. Siga el enlace para leer el resto de la historia…

Published in: on mayo 14, 2011 at 09:38  Dejar un comentario  
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Dudas teoilógicas (I)

Dios envía al infierno a quienes le traicionan. ¿A dónde van los que traicionan al Diablo?

Published in: on abril 23, 2011 at 14:10  Comments (3)  
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Más allá del bien y del mal

Hace muchos, muchos años, un peregrino presenció sobrecogido cómo los cielos se abrían y se precipitaba desde las alturas una figura alada envuelta en llamas. El peregrino corrió a auxiliar al ángel caído, le dio de beber y curó sus heridas. De repente, estalló una terrible tormenta. Dios estaba furioso. Por un lado, quería castigar al hombre que había salvado a Lucifer, origen de todo mal. Por otro lado, el peregrino había hecho una buena acción, desconocedor de sus consecuencias, y merecía recompensa por ello. Dios, que odia las contradicciones, decidió en ese momento dejar de hablar a los hombres. No quería estar en contacto con criaturas que le causasen tales conflictos. El peregrino, atribulado, oía resonar en su alma los reproches de Dios y su posterior silencio. Lucifer, conocedor de los pensamientos de Dios, levantó el vuelo y se despidió del peregrino con una sonrisa y una promesa:

-No te preocupes, peregrino: yo jamás dejaré de hablarles a los hombres.

Published in: on febrero 11, 2011 at 22:37  Comments (2)  
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Variaciones sobre la leyenda de El Holandés Errante (I)

Le ofrecí mi alma al diablo barata, por ser época de rebajas. Pero ni él me daba lo que pedía. Dios tampoco la quiso. Así me hice inmortal.

Published in: on enero 12, 2011 at 09:52  Comments (4)  
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Ateo como un piojo

Hace unos días salí de copas con un antiguo amigo al que ya sólo veo una vez al año, o cada dos. Mientras deambulábamos por ese peculiar ecosistema que es la noche, la conversación divagaba entre lo físico y lo metafísico. Con una vehemencia propia de las soflamas estéticas de nuestra adolescencia,  mi amigo se proclamaba una y otra vez “ateo como un piojo”. La expresión me chocó y atrajo mi atención. El caminar de un local a otro, cada uno con una música más atronadora que el anterior, rodeados de falsas nínfulas y auténticos orcos, no favorecía la conversación sutil. Me abstuve de comentarle a mi amigo que lo más seguro es que los piojos tengan motivos para ser muy, muy creyentes. Pensé en su parasitaria vida, difícil, mísera y breve, coronando las cimas de unos extraños universos que se mueven a través de un vacío pavoroso; universos de los que se alimentan. Unos universos con voluntad que les destruirán sin piedad si les descubren. Pensé en los dioses de los piojos y en nuestros propios dioses. Recuerdo una mañana en la playa, tras una noche de temporal que arrasó las barcas de pesca, y recuerdo un marinero duro como un trozo de cecina que gritaba: Me cago en Dios, mientras recogía los restos de sus aparejos. Para poder cagarse en Dios hace falta creer en él.

Pensé que es todo un lujo ser ateo. Hace falta cierto tiempo y cierto bienestar. Todo esto se me pasaba por la cabeza a pesar de haber bebido vino y licores como para alimentar la caldera de un barco pesquero. O, quizás, gracias a ello.

Published in: on enero 9, 2011 at 15:30  Comments (4)  
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