Terapia de pareja

Mi marido ha dejado de hablarme, doctor. Y no es porque esté muerto, no. En vida no me dirigía la palabra. Pero durante la misma noche del velatorio empezaron los reproches, los insultos. Y, sin embargo, prefiero sus palabras de odio a ese silencio insoportable con el que me despreciaba día a día. Supongo que ahora, que mi condena es firme, está satisfecho y por eso ha vuelto a callarse. Jamás pensé que tuviera que degollarle para hacerle hablar.

Published in: on junio 26, 2011 at 23:03  Comments (2)  
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Bandas de Moebius (I)

El juicio fue polémico, interminable. El asesino declaró que había matado a todos aquellos niños porque, al ver sus ojos, adivinaba qué clase de adultos iban a ser. El juez se negaba a condenarle a muerte porque, al ver sus ojos, adivinaba qué clase de niño había sido.

Published in: on febrero 27, 2011 at 08:17  Comments (1)  
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Evidencias y conclusiones (III)

Me siento muy nervioso, pero he de pensar con claridad. Sólo estamos tres personas en esta habitación. Y uno de nosotros es un asesino. Los latidos de mi corazón son tan fuertes que casi me impiden respirar. Quisiera pasar desapercibido, pero es imposible. Estoy ante ellos y ellos ante mí. No hay dónde ocultarse. ¿Puede ser A. el asesino? Siempre ha tenido un aspecto amenazante, hostil. Y, sin embargo, ahora parece inofensivo. ¿Acaso el asesino es B.? B. tiene una mirada hosca, como de alimaña. Incluso ahora que sostengo su cabeza decapitada entre mis manos, sus ojos vidriosos, ya muertos, conservan ese brillo metálico. En cambio, A., balanceándose de la viga de la que le acabo de colgar, tiene algo de infantil, de niño que se balancea en un columpio.

Published in: on febrero 23, 2011 at 00:20  Dejar un comentario  
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Fama y fortuna

Estoy resuelto a abandonar mi vida mediocre. Merezco algo mejor. Merezco lo mejor. He decidido vivir de mi ingenio. Me pongo un batín de seda, creo un blog literario y publico un relato breve: la historia de un escritor psicópata que ejecuta a los lectores a quienes no les gusta su trabajo y asesina a los que sí les gusta. Me acomodo frente al ordenador, con el teléfono cerca, y espero pacientemente el aluvión de llamadas de los mass media que a buen seguro se avecina. Tras una espera más que prudencial, veo que el contador de visitas de mi página refleja un número redondo. Espero aún más.

He de cambiar de estrategia. Me levanto, limpiando las telarañas que han surgido entre mi nariz y la pantalla del ordenador, y me doy un masaje en las articulaciones para aliviar el rigor pre-mortis de los días de inactividad. Decido seguir una estrategia analógica. Imprimo unos folletos con mi relato (media página), mi biografía (tres páginas) y algunas fotos mías (doce páginas). Llamo puerta a puerta a los vecinos de mi urbanización haciéndome pasar por testigo de Jehová, cobrador del frac, inspector de hacienda, repartidor de Mercadona y/o puto. Casi nadie me abre. Dos me abren (sus puertas) y me echan sus perros encima (uno de ellos, además de hambriento, dado al humanismo). Otro me abre y, tras echar un vistazo a mi folleto, agarra un fusil de caza que tiene en el paragüero. Salgo por patas. Nuevo cambio de estrategia: mando imprimir mi relato a gran formato, en tamaño din-A1, y agarro mi grapadora industrial de aire comprimido. Me encamino al centro de mi ciudad dispuesto a empapelarlo con mi literatura. Empiezo por un ridículo trasto viejo que hay abandonado en mitad de la calle. La primera grapa produce un aullido sobrecogedor en el monigote. Ups: es una estatua humana.

Me han quitado las esposas por un rato, para que pueda comer y llamar a mi abogado. Realmente es verdad que, en España, escribir es meterse en problemas.

Published in: on diciembre 25, 2010 at 23:49  Dejar un comentario  
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Perdóneme, padre, pues voy a pecar

Antes de cometer un asesinato, C. siempre acude a la iglesia y confiesa el crimen que se dispone a perpetrar. El sacerdote siempre intenta disuadirle y nunca lo consigue. Sin embargo, como C. muestra sincero arrepentimiento, obtiene perdón por la muerte inmediatamente anterior en su larga serie. Al obtener la absolución, saborea por unos segundos la sensación de saberse inocente de nuevo. Inmediatamente, estrangula al cura. C. siempre abandona la iglesia resignado a su suerte, pero decidido a cambiar de vida.

[Presentado al Concurso de Microrrelatos Antonio Almansa en 2007, con el título Confesión, bajo el alias Georg Cantor]

Published in: on diciembre 2, 2010 at 00:12  Comments (2)  
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