Demasías (I)

Hace muchos años, según cuentan los antiguos, había un marino mercante conocido por pilotar el buque más rápido de los que recalaban en Rotterdam. Eric (tal era su nombre) tenía un hijo recién nacido al que adoraba. El bebé cayó muy enfermo y ningún médico daba con el remedio de su mal. Desesperado, Eric consultó a las viejas gitanas del puerto; se miraban entre sí, pero ninguna parecía querer hablar. Una de ellas, venciendo las reticencias de todas, le confió la existencia de un ermitaño que vivía en un inhóspito pedregal en mitad del mar de Arán. Este ermitaño, al parecer, conocía algas con propiedades milagrosas, capaces de sanar cualquier dolencia. La gitana tomó del brazo a Eric e insistió en que los remedios del ermitaño eran un último recurso, sólo para casos de extrema necesidad.

Eric navegó horas interminables en un frágil velero hasta avistar el gélido islote del ermitaño. Cuando saltó a tierra se lo encontró sentado en la playa, con la vista perdida en el horizonte. Eric le contó atropelladamente su drama y le rogó ayuda. El anciano, durante todo el relato, no hacía sino asentir sin mirarle, como si conociera su historia de sobras. Sin que una sonrisa cansada le abandonara los labios ni un momento, tomó de entre los roquedales algunas algas al azar, que metió en un saquito de arpillera.

“Toma, marinero”, le dijo. “Estas algas pueden salvar la vida no ya de tu hijo, sino de muchos niños. Pero son muy caras”.

Eric, desconcertado, le preguntó al viejo por el precio de un remedio preparado tan toscamente. El viejo le dijo: “el precio lo pondrás tú cuando estés preparado para pagarlo; ahora, vete”. El marino se echó al mar, ansioso por ver a su hijo curado.

Una terrible tormenta se desató al abandonar la costa. Diríase que el cielo y el mar se confabulaban para hundir la nave de Eric. El holandés rezaba y blasfemaba a partes iguales.

Tras una lucha insomne contra el caos, la tempestad dio paso a una calma chicha que obligó al marino a remar sin descanso. Al cabo de las horas, no le quedaba para beber sino su propio llanto, y, poco después, ni eso siquiera.

Llegó extenuado al puerto de Rotterdam. La mirada de su mujer desde el umbral de su casa fue como ver a Dios darle la espalda. Era demasiado tarde.

Loco de dolor, Eric aparejó su veloz carguero y se hizo él solo a la mar. A punto de despuntar el alba, aún cerrada la noche, echó el ancla e invocó al Diablo según un viejo rito, revelado hacía años por un borracho en un burdel. Apareció un ángel cuya belleza era tan solo desmentida por sus ojos de alimaña. Eric le dijo: “Te doy mi alma; pero, a cambio, te pido que salves la vida de un niño por cada día que pase sin que la noche caiga sobre mí. No podrás cobrarte mi alma hasta que el sol se ponga.”

El ángel rió ante una proposición tan ridícula, y pensó que jamás había hecho presa con tanta facilidad. Sellaron el trato con la sangre del marinero y el ángel se desvaneció entre risas burlonas.

Eric levó anclas de inmediato y puso proa al oeste. El sol salió a sus espaldas y Eric, avanzando casi al mismo ritmo que el astro rey, cruzó el Atlántico antes del mediodía. Franqueó el cabo de Hornos y recorrió el Pacífico. Horas después atravesó como el rayo el meridiano de Rotterdam y logró circunnavegar el globo sin que el sol se le pusiera por delante. Satán, enfurecido, no tuvo más remedio que cumplir su parte del trato y arrancar de las garras de la muerte un pequeño, que revivió milagrosamente entre los brazos de su madre.

Desde entonces, los sicarios del Diablo tratan de dar caza al holandés antes de que, tras un nuevo día, dé otra vuelta al mundo. Eric lleva siglos saliendo vencedor del desafío, arañando un día más de existencia para sí mismo y toda una vida para un niño enfermo. Los ángeles, apiadados, cubren su navío con un manto de niebla para que los enviados del infierno no puedan verlo. A veces, si el viento amaina, el holandés ve desesperado cómo el sol cruza el cénit y corre a sepultarse en el horizonte; es entonces cuando los ángeles abrazan al barco y lo impulsan hasta que el Sol vuelve a estar a popa. En verano, Eric aprovecha el sol de medianoche en el mar Ártico para descansar, pero Satán merodea en las profundidas abisales, ansiando que, con la llegada del invierno, el buque quede encallado en el hielo y no pueda proseguir su viaje. Hasta ahora, su espera ha sido en vano. Cuando Eric ve encenderse sobre la arboladura el fuego de San Telmo, sabe que es hora de partir. Y cualquier marino sabe que debe dar paso a los buques que pongan proa al sol poniente, pues uno de ellos salvará a un niño de la noche eterna.

Publicada on mayo 14, 2011 at 09:34  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Un cuento lleno de sensibilidad y emoción sin caer en lo cursi. Romántico en todo el sentido decimonónico y alemán de la palabra. Lleno de elementos clásicos del género pero sin caer en el tópico. Creo que a Heine le habría encantado. De lo mejor que ha dejado por aquí. Mis más admirados saludos.

  2. Amigo Daffari, mi agradecimiento y mi rubor por la demasía de sus elogios corren parejos.


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