Exceso de egos (III)

A menudo me encuentro con el niño que fui. Es algo inexplicable, pues no recuerdo haberme cruzado de niño con el adulto que ahora soy. Creo que él no sabe quién soy realmente, pero algo debe intuir y, cuando me ve, se me acerca y me saluda afectuosamente, aunque con algunas reservas. Yo nunca he sabido muy bien cómo tratar a los niños, y conmigo no soy una excepción. Tras el intercambio de saludos, le pregunto cómo le va (cosa que, de todas maneras, sé perfectamente) y charlamos sobre sus estudios, los libros que ha leído, la música que está descubriendo, sus cuitas…

Hay tantas cosas que aún no sabe. Habla demasiado. Constantemente descubre sus puntos débiles, de los que se aprovecharán en un futuro no muy lejano algunos desalmados. Aún no ha aprendido a mirar a los ojos. Confunde deseo con necesidad. Llora sin motivo, o eso cree él. Puede ser cruel, y, aún sabiendo que eso está mal, al serlo se siente poderoso, aunque de una forma desdichada. Cree que los otros niños comparten secretos a los que él no tiene acceso; el pobre no sabe explicarse a sí mismo de otra manera que no es como los demás. Aún tiene una mirada fresca y me descubre cosas, o quizá me las recuerda, no sé muy bien.

Quisiera decirle tanto. Ojalá pudiera hacerle ver que los demás no lo ven como él se ve. Quisiera decirle que, al contrario de lo que cree, será amado y amará. Que la vida le colmará de bienes, más de lo que cree merecer, y sin embargo no logrará absolutamente nada de lo que sueña en esta época. Que no sabrá qué hacer con su libertad, y la derrochará ignorantemente, pero que será feliz. Quisiera decirle que ahora él es inmortal, y que, sin embargo, yo ya no lo soy.

Él necesita que lo abracen. No se quiere a sí mismo. Quizás yo debería hacerlo. Pero, como ya he dicho, nunca he sabido muy bien cómo tratar a los niños. Además, no sé si acaba de gustarme éste.

Nos despedimos con un nudo en la garganta. No sé si lo volveré a ver, ni si quiero. Nos vamos cada uno por su lado, los dos solos, incapaces de hacernos compañía.

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Published in: on julio 2, 2012 at 23:52  Comments (3)  
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Variaciones sobre la leyenda de El Holandés Errante (II)

Hace muchos años, según cuentan los antiguos, había un marino mercante conocido por pilotar el buque más rápido de los que recalaban en Rotterdam. Eric (tal era su nombre) tenía un hijo recién nacido al que adoraba. El bebé cayó muy enfermo y ningún médico daba con el remedio de su mal. Desesperado, Eric consultó a las viejas gitanas del puerto; se miraban entre sí, pero ninguna parecía querer hablar. Una de ellas, venciendo las reticencias de todas, le confió la existencia de un ermitaño que vivía en un inhóspito pedregal en mitad del mar de Arán. Este ermitaño, al parecer, conocía algas con propiedades milagrosas, capaces de sanar cualquier dolencia. La gitana tomó del brazo a Eric e insistió en que los remedios del ermitaño eran un último recurso, sólo para casos de extrema necesidad. Siga el enlace para leer el resto de la historia…

Published in: on mayo 14, 2011 at 09:38  Dejar un comentario  
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Tranquilícese, no pasa nada

En breves instantes pasaré a consulta del dentista, y, no puedo remediarlo, siento algo de ansiedad. Quizás sea por la revisión del año pasado: aún me acuerdo de cuando, ante mi evidente nerviosismo, el doctor se rió como una comadreja obesa y me dijo:

– Tranquilícese, no pasa nada, es una revisión de rutina. Empezaremos por la limpieza dental. Veamos esta mancha del incisivo…

El dentista tomó una herramienta similar a un escoplo, que yo sólo había visto antes en canteras, obras ferroviarias y películas sobre el dr. Mengele. Percutió sobre la mancha con la delicadeza de un luchador de sumo y la mitad de la pieza dentaria en cuestión salió volando limpiamente. El doctor rió de nuevo:

-Disculpe, pero no me negará que ha sido gracioso.

Bien, aquí me hallo, un año después, sudando a chorros. Casi llego tarde, pues apenas si puedo andar. Llevo el vientre obscenamente hinchado por la olla de judías atocinadas que me he metido entre pecho y espalda. Por poco si se me cae, además, el habano que me estaba fumando, ya que tenía que agarrarme la panza a dos manos para reprimir las arcadas y domeñar los gases. Entre la descomunal barriga y el humo del puro,  parecía un camión de gasógeno de la posguerra. Me acabo de limpiar los indiscretos hilos de baba que se me caían tras el aguardiente de sobremesa, y tengo la mala conciencia de no haberme podido acabar las tres cebollas pardas en tabasco que pedí de postre. El recuerdo de toda la noche practicando el cunnilingus con mi esposa, cuya religión le impide lavarse durante la menstruación, no alivia mi quehacer intestinal. Y he de confesar que, cuando he intentado cepillarme los dientes en la tasca, el único cepillo disponible era el del inodoro. Ah, por fin, ya me recibe el doctor. Diablos, qué cara más desagradable me ha puesto al saludarle con sonoros ósculos en sus mejillas gelatinosas, vibrátiles. Supongo que le he parecido frío y culmino mi entrada con un viril saludo soviético. Le hablo bien alto y muy cerca, de frente, para que pueda leer mis labios, pues siempre me ha parecido algo duro de oído.

– Tranquilícese, doctor, no pasa nada, va a ser una revisión de rutina, ¿verdad?

Noche de paz, noche de amor

La cena de Nochebuena tuvo lugar, este año, en casa de uno de mis primos. Seguimos un ritual acrisolado por el paso del tiempo. Cuando ya hemos llegado todos, tomamos un aperitivo durante el que, los que no nos vemos frecuentemente, nos ponemos al día de nuestras aventuras y desventuras. Siempre tenemos palabras de recuerdo para los que nos han dejado durante el año anterior, y es que cada vez somos menos. Luego, justo antes del primer plato, llega el momento del sorteo. Todos sacamos, sin mirarla, una perla del saquito de terciopelo que preside la mesa. Cuando estamos listos, abrimos la mano y mostramos lo que hemos obtenido. Todos tienen una perla ámbar salvo dos: este año, yo he sacado la perla negra, y a una de mis cuñadas le ha tocado la perla roja. Éste es el momento más difícil de la noche y hay que actuar con rapidez y limpieza. No es la primera vez que saco la perla negra y sé bien qué hacer. Sin dudar agarro el cuchillo que hay bajo el saco de las perlas y se lo hundo a mi cuñada justo bajo el mentón, seccionando su laringe y todos los nervios importantes que parten de la base craneal. Mi hermano, delicadamente, le cierra los ojos y le da un beso de despedida. A partir de ese momento, todo el mundo pone de su parte: los hombres están pendientes de las brasas de la barbacoa, mientras las mujeres desuellan el cadáver y preparan la carne. Es increíble lo poco que tardamos en estar todos sentados nuevamente a la mesa. La cena discurre en un ambiente entrañable, en el que la mayoría de las conversaciones giran en torno a la persona sacrificada, celebrando sus buenos momentos y obviando, piadosamente, sus defectos y miserias.

Cuando me reincorporo al trabajo, me causa desazón participar en charlas en que la gente se queja de sus cenas de Nochebuena. Yo siempre les digo, en un tono un tanto paternal, que no se quejen; que disfruten de los momentos en que la familia está reunida, pues uno nunca sabe qué deparará el futuro.

Published in: on enero 6, 2011 at 20:03  Comments (4)  
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Signos inequívocos

Ha ocurrido otra vez. Ni siquiera aquí estoy a salvo. Esta noche he vuelto a ser abducido. No he de sorprenderme, ¿acaso su tecnología no les permite atravesar muros y barrotes, y teletransportarse (o teletransportarme) a donde quieran? Oh, Dios… no tengo escapatoria. Lo sospechaba desde hace años. Y todas mis sospechas se tornaron certezas cuando hice el test, el mes pasado. Tengo tantos, tantos indicios… Veamos:

¿He perdido sangre por algún orificio nasal? Claro que sí: todavía recuerdo aquel balonazo en toda la jeta, en el recreo de 5º de primaria.

¿Tengo cicatrices en el cuerpo que no recuerdo haberme hecho? Pues sí. Sentarme beodo perdido en lo alto de un vaso roto quizá explique esos sietes que me hice en el perineo, pero con la tormenta que llevaba, desde luego que no me acuerdo de nada.

¿Has soñado alguna vez que mantenías relaciones sexuales con alguna criatura? Sí. Incluso con mujeres.

Y yo, que creía que los alienígenas se ocultaban en los miembros de mi familia… cuando los decapité con mi cuenco místico tibetano me creí , por fin, a salvo. Pero me han seguido hasta aquí. Le conté mis avatares a mi compañero de celda, el gigantesco mandingo Alain Qular, y se ofreció a guardarme las espaldas durante la noche, durmiendo conmigo en mi catre. ¡Todo en vano! He amanecido con un nuevo signo de abducción, no recogido en el test: tengo las orejas rojas y doloridas, como si me hubieran agarrado de ellas mucho rato; pero eso no es nada comparado con la tumefacción de mi ojete. Tengo la impresión de que esta noche me han metido una tuneladora. Sin duda alguna, me introdujeron una sonda con la que han medido la actividad de mis chakras hasta llegar a la glándula pineal. Eso explicaría que el escozor y la sensación invasiva abarquen desde mi esfínter anal hasta el diafragma. Le he preguntado a Qular y me ha dicho que no se explica cómo han podido abducirme, si él ha estado toda, toda la noche pegadito a mi retaguardia. Esta noche le propondré dormir yo en decúbito prono sobre la colchoneta y él sobre mí cubriéndome con sus miembros, protegiendo mis puntos débiles. Puede que me abduzcan, ¡pero no se lo voy a poner fácil!

[Dedicado a todos aquéllos que no se rían al leer estas líneas; especialmente, dedicado a alguien que ni siquiera las va a leer]

Published in: on diciembre 29, 2010 at 21:04  Comments (2)  
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Doble peligro

Una leyenda que siempre me ha parecido especialmente inquietante es la del doppelgänger. Creo que proviene de Alemania. En ella se nos cuenta que cada uno de nosotros tiene un doble que nos acecha, hasta que nos asesina y nos sustituye sin que nuestros allegados lleguen siquiera a darse cuenta.

Había olvidado esta historia, a la que debo tantas noches de insomnio de mi infancia, cuando algo extraño ocurrió alrededor de mis veinte años. Un día uno de mis conocidos me dijo que me había visto el día anterior por una calle por la que yo jamás había pasado. Bromeé contestando: “Tengo una cara muy vulgar. Soy igual a mucha gente”, pero mi interlocutor me respondió muy seguro de sí mismo: “No. No es que se te pareciera. Era idéntico a ti. Un hermano gemelo no se te hubiera parecido más.”

A lo largo de los años, anécdotas similares acontecían cada pocas semanas. Incluso durante la época en que vivimos fuera de España, a finales de los noventas, me encontraba con personas en sitios remotos que decían haberme visto poco antes. Mi mujer reía, pero yo, secretamente, no podía olvidar la leyenda de mi infancia.

La idea de ser perseguido por mi doble se convirtió en una obsesión. Pensé en ir al psicólogo, pero mis conocidos seguían relatando encuentros casuales, visiones fugaces de mi otro yo. No eran imaginaciones mías.

Caí de la obsesión en el pánico hace un par de semanas. Acababa de comprarme un jersey y, al llegar a mi casa, me di cuenta de que realmente no me quedaba bien. Volví a la tienda acto seguido; no tardaría más de una hora desde la compra. La chica que me atendió, al verme aparecer, me dijo: “¡Qué sorpresa! Acaba de estar su hermano gemelo y se ha comprado un jersey igual que éste. Supongo que, entonces, también me lo devolverá.”

Salí de la tienda despavorido. Comprendí que mi doppelgänger estaba estrechando el cerco, familiarizándose con mi entorno, empezando a vestir como yo. Listo para apoderarse de mi vida. Para sustituirme.

Ayer no tuve más remedio que quedarme en mi oficina a trabajar hasta bien entrada la noche. Los informes pendientes se amontonaban en mi mesa. En el ordenador aparecía mi horario semanal, rayano en el esclavismo, además de una hoja de cálculo con mis exiguas dietas por exceso de kilometraje. Encima de la montaña de papeles, como remate, mi nómina del mes anterior, a medio camino entre el atentado a los derechos humanos y el humor negro.

Creí oir un chasquido metálico. Tras el sobresalto, seguí trabajando unos instantes hasta que, en la penumbra de la oficina vacía, vi una silueta que avanzaba lentamente hacia mí. Noté cómo el terror me dejaba sin respiración. Una copia clónica de mí mismo, con mis mismas ropas y peinado, mis mismas gafas, avanzaba hacia mí blandiendo un gigantesco cuchillo. Pero lo peor era su sonrisa de absoluta maldad y determinación. Era como mirarse en un espejo deformante, pero no del cuerpo, sino del alma.

No tenía escapatoria posible. No sabía qué hacer. El miedo me había paralizado. Me cubrí torpemente con las manos mientras mi doble levantaba su arma por encima de su cabeza. Pero, cuando me esperaba recibir el impacto, vi que leía con cara de asombro mi horario semanal. Esbozó una sonrisa nerviosa y comenzó a resoplar al ver los kilómetros que hago al mes y lo que me pagan por ello. Se llevó las manos a la cabeza cuando encontró mi nómina. Y, de repente, reparó en la foto que tengo en mi escritorio: mi mujer recién parida dándole el pecho a una de las trillizas, el carrito doble de bebé, mis otros cinco niños y mi suegra con su caniche, Mariano, subiéndoseme por la pernera del pantalón con arteras intenciones.

En ese momento mi doppelgänger emitió un aullido sobrecogedor, de alimaña aterrada, soltó el cuchillo y salió de la estancia dando tumbos y chocando contra los muebles. Al cabo del rato aún se le oía gritar calle abajo y correr a toda velocidad.

Francamente, sé que soy un hombre de suerte, pero aún no sé si es buena o mala.

Published in: on diciembre 27, 2010 at 16:54  Comments (11)  
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Fama y fortuna

Estoy resuelto a abandonar mi vida mediocre. Merezco algo mejor. Merezco lo mejor. He decidido vivir de mi ingenio. Me pongo un batín de seda, creo un blog literario y publico un relato breve: la historia de un escritor psicópata que ejecuta a los lectores a quienes no les gusta su trabajo y asesina a los que sí les gusta. Me acomodo frente al ordenador, con el teléfono cerca, y espero pacientemente el aluvión de llamadas de los mass media que a buen seguro se avecina. Tras una espera más que prudencial, veo que el contador de visitas de mi página refleja un número redondo. Espero aún más.

He de cambiar de estrategia. Me levanto, limpiando las telarañas que han surgido entre mi nariz y la pantalla del ordenador, y me doy un masaje en las articulaciones para aliviar el rigor pre-mortis de los días de inactividad. Decido seguir una estrategia analógica. Imprimo unos folletos con mi relato (media página), mi biografía (tres páginas) y algunas fotos mías (doce páginas). Llamo puerta a puerta a los vecinos de mi urbanización haciéndome pasar por testigo de Jehová, cobrador del frac, inspector de hacienda, repartidor de Mercadona y/o puto. Casi nadie me abre. Dos me abren (sus puertas) y me echan sus perros encima (uno de ellos, además de hambriento, dado al humanismo). Otro me abre y, tras echar un vistazo a mi folleto, agarra un fusil de caza que tiene en el paragüero. Salgo por patas. Nuevo cambio de estrategia: mando imprimir mi relato a gran formato, en tamaño din-A1, y agarro mi grapadora industrial de aire comprimido. Me encamino al centro de mi ciudad dispuesto a empapelarlo con mi literatura. Empiezo por un ridículo trasto viejo que hay abandonado en mitad de la calle. La primera grapa produce un aullido sobrecogedor en el monigote. Ups: es una estatua humana.

Me han quitado las esposas por un rato, para que pueda comer y llamar a mi abogado. Realmente es verdad que, en España, escribir es meterse en problemas.

Published in: on diciembre 25, 2010 at 23:49  Dejar un comentario  
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Me parece que he visto un lindo gatito

Acaba de pasarme una cosa terrible. Volvíamos Mariano (mi caniche) y yo de casa de mi nuera, de recoger la plancha que le había prestado hace tiempo. Me disponía a pasear con Mariano hasta el coche del vecino, que es en donde le gusta hacer pipí, cuando se nos acercó con mucho sigilo un joven vestido de negro. Me extrañó tanta cautela porque era de noche, en un sitio desierto por el que jamás pasa nadie y a nadie se puede molestar: puede una gritar tanto como quiera que nadie la va a oir. Además, el caballero llevaba pasamontañas, cosa rara en pleno verano. Qué resfriado debe de estar el pobrecito, pensé. De repente nos adelantó y sacó una enorme navaja. Mariano (llamado así en honor de mi difunto, porque se le parece en las malas pulgas y el priapismo) comenzó a ladrar.

-Calla, Mariano, que enseguida te llevo a hacer pipí; veamos primero qué se le ofrece a este señor.

Comprendí que el joven buscaba un afilador, porque el filo de la navaja estaba en un estado penoso, lleno de muescas. Le expliqué que la de afilador es una profesión que está en trance de desaparecer, aunque conocía uno que vivía no lejos de allí; pero, claro, que ésas no eran horas. El joven pareció agitarse y gritó algo que no entendí, que una, a estas edades, ya anda un poco dura de oído. De pronto, el joven agarró mi bolso e hizo ademán de echar a correr. Qué amable, le dije a Mariano, se ha dado cuenta de que vamos con prisas y de que mi bolso pesa una barbaridad con la plancha, y no quiere que me fatigue. Pero digo bien que hizo sólo ademán, pues tropezó con mi bastón y cayó de bruces, cuan largo era, sobre el bolso. Pobrecito. No había visto tantos dientes por los suelos desde que a mi odontólogo le dio el infarto mientras me enroscaba el perno del vigésimo implante. Encima, Mariano, quizás llevado por los nervios, no tuvo otra ocurrencia que intentar aparearse con el señor, que yacía en decúbito prono, transido por el dolor. Igualito que mi difunto, que siempre aprovechaba la indefensión de mis ataques de lumbago, a la vuelta de la compra, para tomarme por la retaguardia. En fin, una señora no debe entrar en según qué detalles, pero, al igual que mi difunto, Mariano se salió con la suya. No digo ni cómo ni por dónde. Así que, aquí estoy, señor agente, contándole todo esto mientras viene la ambulancia y cada vez más convencida de que la calle es un sitio peligrosísimo.

Published in: on diciembre 7, 2010 at 18:33  Comments (2)  
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