Tranquilícese, no pasa nada

En breves instantes pasaré a consulta del dentista, y, no puedo remediarlo, siento algo de ansiedad. Quizás sea por la revisión del año pasado: aún me acuerdo de cuando, ante mi evidente nerviosismo, el doctor se rió como una comadreja obesa y me dijo:

– Tranquilícese, no pasa nada, es una revisión de rutina. Empezaremos por la limpieza dental. Veamos esta mancha del incisivo…

El dentista tomó una herramienta similar a un escoplo, que yo sólo había visto antes en canteras, obras ferroviarias y películas sobre el dr. Mengele. Percutió sobre la mancha con la delicadeza de un luchador de sumo y la mitad de la pieza dentaria en cuestión salió volando limpiamente. El doctor rió de nuevo:

-Disculpe, pero no me negará que ha sido gracioso.

Bien, aquí me hallo, un año después, sudando a chorros. Casi llego tarde, pues apenas si puedo andar. Llevo el vientre obscenamente hinchado por la olla de judías atocinadas que me he metido entre pecho y espalda. Por poco si se me cae, además, el habano que me estaba fumando, ya que tenía que agarrarme la panza a dos manos para reprimir las arcadas y domeñar los gases. Entre la descomunal barriga y el humo del puro,  parecía un camión de gasógeno de la posguerra. Me acabo de limpiar los indiscretos hilos de baba que se me caían tras el aguardiente de sobremesa, y tengo la mala conciencia de no haberme podido acabar las tres cebollas pardas en tabasco que pedí de postre. El recuerdo de toda la noche practicando el cunnilingus con mi esposa, cuya religión le impide lavarse durante la menstruación, no alivia mi quehacer intestinal. Y he de confesar que, cuando he intentado cepillarme los dientes en la tasca, el único cepillo disponible era el del inodoro. Ah, por fin, ya me recibe el doctor. Diablos, qué cara más desagradable me ha puesto al saludarle con sonoros ósculos en sus mejillas gelatinosas, vibrátiles. Supongo que le he parecido frío y culmino mi entrada con un viril saludo soviético. Le hablo bien alto y muy cerca, de frente, para que pueda leer mis labios, pues siempre me ha parecido algo duro de oído.

– Tranquilícese, doctor, no pasa nada, va a ser una revisión de rutina, ¿verdad?

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