La jungla de asfalto

Es un placer pasear por las animadas calles de una gran ciudad en estas fechas, previas a la Navidad. Las luces, los adornos… y el espectáculo inacabable de la gente: familias orondas, magros perroflautas,  hábiles carteristas que aligeran los bolsos de señoras ataviadas como el Queen Mary el día de su botadura…

Del sinnúmero de especies que pueblan la jungla de asfalto, una de las que más me llaman la atención es la de las estatuas humanas, del género pedigüeños estáticos. Ora ingeniosas, ora lamentables, hacen del centro urbano una especie de museo a la intemperie. Ayer mismo paseaba por la calle más populosa de mi ciudad y me quedé observando a uno de estos artistas de la quietud. Llevaba unos atavíos tan desagradables a la vista como refractarios a la descripción. Digamos que era una macabra hibridación entre teleñeco y bruto mecánico, sobre la que hubiera depositado sus deyecciones una bandada de gaviotas alimentadas con una estricta dieta de bolas de papel de aluminio. Me quedé observando el sinfín de hórridos detalles del disfraz y conjeturando alguna psicopatología del actor cuando, he de admitirlo, debió vencerme la modorra. Soy capaz de dormirme de pie como las aves, lo que considero una facultad más que una tara. El caso es que debí pasar así varios minutos. Un suave tintineo acabó con mi vertical siestecilla. Al abrir los ojos, me topé con la torva mirada del antedicho monstruo, y, a mis pies, una no despreciable cantidad de dinero en calderilla. Los viandantes me habían tomado por otra estatua humana y premiaban mi performance más generosamente que la del metálicamente defecado engendro. No les cansaré con el altercado subsiguiente: baste revelar que volví a mi hogar con mi honra y mis dádivas íntegras.

Digamos que he descubierto, no una vocación, pero sí una lucrativa forma de redondear mis ingresos.

Published in: on diciembre 11, 2010 at 00:59  Comments (1)  
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  1. […] He de cambiar de estrategia. Me levanto, limpiando las telarañas que han surgido entre mi nariz y la pantalla del ordenador, y me doy un masaje en las articulaciones para aliviar el rigor pre-mortis de los días de inactividad. Decido seguir una estrategia analógica. Imprimo unos folletos con mi relato (media página), mi biografía (tres páginas) y algunas fotos mías (doce páginas). Llamo puerta a puerta a los vecinos de mi urbanización haciéndome pasar por testigo de Jehová, cobrador del frac, inspector de hacienda, repartidor de Mercadona y/o puto. Casi nadie me abre. Dos me abren y me echan a sus perros encima (uno de ellos, además de hambriento, dado al humanismo). Otro me abre y, tras echar un vistazo a mi folleto, agarra un fusil de caza que tiene en el paragüero. Salgo por patas. Nuevo cambio de estrategia: mando imprimir mi relato a gran formato, en tamaño din-A1, y agarro mi grapadora industrial de aire comprimido. Me encamino al centro de mi ciudad dispuesto a empapelarlo con mi literatura. Empiezo por un ridículo trasto viejo que hay abandonado en mitad de la calle. La primera grapa produce un aullido sobrecogedor en el monigote. Ups: es una estatua humana. […]


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