Me parece que he visto un lindo gatito

Acaba de pasarme una cosa terrible. Volvíamos Mariano (mi caniche) y yo de casa de mi nuera, de recoger la plancha que le había prestado hace tiempo. Me disponía a pasear con Mariano hasta el coche del vecino, que es en donde le gusta hacer pipí, cuando se nos acercó con mucho sigilo un joven vestido de negro. Me extrañó tanta cautela porque era de noche, en un sitio desierto por el que jamás pasa nadie y a nadie se puede molestar: puede una gritar tanto como quiera que nadie la va a oir. Además, el caballero llevaba pasamontañas, cosa rara en pleno verano. Qué resfriado debe de estar el pobrecito, pensé. De repente nos adelantó y sacó una enorme navaja. Mariano (llamado así en honor de mi difunto, porque se le parece en las malas pulgas y el priapismo) comenzó a ladrar.

-Calla, Mariano, que enseguida te llevo a hacer pipí; veamos primero qué se le ofrece a este señor.

Comprendí que el joven buscaba un afilador, porque el filo de la navaja estaba en un estado penoso, lleno de muescas. Le expliqué que la de afilador es una profesión que está en trance de desaparecer, aunque conocía uno que vivía no lejos de allí; pero, claro, que ésas no eran horas. El joven pareció agitarse y gritó algo que no entendí, que una, a estas edades, ya anda un poco dura de oído. De pronto, el joven agarró mi bolso e hizo ademán de echar a correr. Qué amable, le dije a Mariano, se ha dado cuenta de que vamos con prisas y de que mi bolso pesa una barbaridad con la plancha, y no quiere que me fatigue. Pero digo bien que hizo sólo ademán, pues tropezó con mi bastón y cayó de bruces, cuan largo era, sobre el bolso. Pobrecito. No había visto tantos dientes por los suelos desde que a mi odontólogo le dio el infarto mientras me enroscaba el perno del vigésimo implante. Encima, Mariano, quizás llevado por los nervios, no tuvo otra ocurrencia que intentar aparearse con el señor, que yacía en decúbito prono, transido por el dolor. Igualito que mi difunto, que siempre aprovechaba la indefensión de mis ataques de lumbago, a la vuelta de la compra, para tomarme por la retaguardia. En fin, una señora no debe entrar en según qué detalles, pero, al igual que mi difunto, Mariano se salió con la suya. No digo ni cómo ni por dónde. Así que, aquí estoy, señor agente, contándole todo esto mientras viene la ambulancia y cada vez más convencida de que la calle es un sitio peligrosísimo.

Published in: on diciembre 7, 2010 at 18:33  Comments (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. La expresión “delante nuestra” me siembra de dudas, no sobre la expresión misma, que es incorrecta, sino sobre el autor.

    • Estimado Roberto: en efecto, la expresión “delante nuestra” es incorrecta sin duda alguna y la he corregido; gracias. El autor (autora) de la expresión es la señora que narra la anécdota, que habla por ella y por Mariano, perro al que personaliza de manera, digamos, excesiva, como se verá en futuros microrrelatos . Su expresión de usted “me siembra de dudas” me siembra de dudas a mí también, puesto que parece tener más de una. Si observa otras incorrecciones le ruego me las haga saber. Carezco de orgullo y me dejo corregir. Le agradezco que me lea con atención y me haga llegar sus observaciones.


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