Desencuentros en la Tercera Fase

Hace veinte años que estamos casados. A la mañana siguiente de la noche de bodas, mi mujer me preparó con toda su ilusión unos repugnantes cereales para desayunar. Los engullí con una forzada sonrisa en los labios (¿quién quiere darle un disgusto a su esposa tras la luna de miel?) y me fui a trabajar. Para mi horror, al volver a la casa encontré la despensa llena de cajas de esos cereales. Mi mujer, con su sonrisa cándida, me dijo: “Mira, cariño, nunca faltarán estos cereales que te encantan”. Así llevo todos los desayunos de mi vida matrimonial. Ella no ha notado nunca mi disgusto ni yo me he atrevido a expresarlo. De manera que, si no consigo decirle que sus cereales me dan asco, ¿cómo voy a decirle que ni siquiera soy un ser humano?

[Contiene un préstamo de “El arte de amargarse la vida”, de Paul Watzlawick]

Published in: on diciembre 6, 2010 at 11:54  Comments (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. ¡Jajajajajajaja! ¡Me ha parecido tan hilarante que casi me meo en la mano de mi novia!

  2. Buenas, O’Dhurann, ¡cuánto tiempo! Le comprendo perfectamente, éste es un blog para leer con la minga en la mano, y, preferentemente, en la mano de una señora. Cuando se vea en esa situación, dígale a su pareja que apriete bien fuerte. Eso suele bastar. Un abrazo.


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