Ars moriendi

Ha llegado el momento de morir. No solamente para el año en curso; me refiero a este blog.

Microescritos ha tenido una vida quizá efímera, pero a ratos muy intensa. Gracias a él he sido muy feliz, y espero haber compartido con ustedes, amabilísimos lectores, algo de esa felicidad.

Microescritos nunca fue mi primer amor. Sin embargo, me ha dado más satisfacciones de las que la autoría de música, mi auténtica pasión, me ha dado ni me dará, desgraciadamente, jamás. Como dijo alguien, la vida es lo que te sucede mientras estás haciendo planes para otras cosas.

Muchas ideas han quedado en el tintero: relatos de mayor o menor pequeñez, aforismos… quizá sea mejor así. Actualmente, carezco del tiempo y, sobre todo, del impulso y la voluntad para plasmarlos por escrito.

Languidecer es una forma de vivir, pero, confesémoslo, una forma indeseable. Aborrezco esas páginas web que quedan sin actualizar por años, y de las que uno nunca sabe si revivirán o no. No será ése nuestro caso.

¿Quién sabe? Puede que nos volvamos a encontrar en un futuro, vagando por el ciberespacio, en otras reencarnaciones. Puede incluso que creamos reconocernos;  que sonriamos al leer algo vagamente familiar y, muy probablemente, será un malentendido. Y puede que no.

Un abrazo muy grande. Feliz resto de nuestra de existencia.

Published in: on diciembre 31, 2013 at 18:00  Comments (1)  

Exceso de egos (III)

A menudo me encuentro con el niño que fui. Es algo inexplicable, pues no recuerdo haberme cruzado de niño con el adulto que ahora soy. Creo que él no sabe quién soy realmente, pero algo debe intuir y, cuando me ve, se me acerca y me saluda afectuosamente, aunque con algunas reservas. Yo nunca he sabido muy bien cómo tratar a los niños, y conmigo no soy una excepción. Tras el intercambio de saludos, le pregunto cómo le va (cosa que, de todas maneras, sé perfectamente) y charlamos sobre sus estudios, los libros que ha leído, la música que está descubriendo, sus cuitas…

Hay tantas cosas que aún no sabe. Habla demasiado. Constantemente descubre sus puntos débiles, de los que se aprovecharán en un futuro no muy lejano algunos desalmados. Aún no ha aprendido a mirar a los ojos. Confunde deseo con necesidad. Llora sin motivo, o eso cree él. Puede ser cruel, y, aún sabiendo que eso está mal, al serlo se siente poderoso, aunque de una forma desdichada. Cree que los otros niños comparten secretos a los que él no tiene acceso; el pobre no sabe explicarse a sí mismo de otra manera que no es como los demás. Aún tiene una mirada fresca y me descubre cosas, o quizá me las recuerda, no sé muy bien.

Quisiera decirle tanto. Ojalá pudiera hacerle ver que los demás no lo ven como él se ve. Quisiera decirle que, al contrario de lo que cree, será amado y amará. Que la vida le colmará de bienes, más de lo que cree merecer, y sin embargo no logrará absolutamente nada de lo que sueña en esta época. Que no sabrá qué hacer con su libertad, y la derrochará ignorantemente, pero que será feliz. Quisiera decirle que ahora él es inmortal, y que, sin embargo, yo ya no lo soy.

Él necesita que lo abracen. No se quiere a sí mismo. Quizás yo debería hacerlo. Pero, como ya he dicho, nunca he sabido muy bien cómo tratar a los niños. Además, no sé si acaba de gustarme éste.

Nos despedimos con un nudo en la garganta. No sé si lo volveré a ver, ni si quiero. Nos vamos cada uno por su lado, los dos solos, incapaces de hacernos compañía.

Published in: on julio 2, 2012 at 23:52  Comments (3)  
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Elipsis y apocalipsis (VIII)

Hay quien dice que la fe consiste en creer en lo que no se ve.
Otros piensan que la fe es creer que se ve.
La fe que lleva a matar o a morir, la fe de los que sobreviven cuando los demás caen, es creer a pesar de lo que se ve.

Published in: on enero 26, 2012 at 19:46  Comments (3)  
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Cuestiones de peso (I)

Hace unos días, tras una mañana de patinaje sobre hielo, fui con mi familia a almorzar a un restaurante. El dueño reposaba sentado en la terraza, en espera de clientela. Este señor tenía tales dimensiones que calificarle sucintamente de obeso mórbido sería una mentira piadosa. En la sobremesa entablamos conversación. Le contamos qué veníamos de hacer y, para mi estupefacción, se reveló como entusiasta de la práctica del patinaje, así como del esquí alpino de fondo. Tuvo que notar mi incredulidad, y añadió:

–Pero, claro, de esa época de mi vida hace mucho…

–¿Ah, sí?–respondí estúpidamente.

–Sí, sí…–dijo él– por lo menos, unos cincuenta o sesenta kilos…

Published in: on noviembre 6, 2011 at 10:04  Comments (4)  
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Me duele España (IV)

Al alzar la vista se topó con los ojos del criminal. Un escalofrío recorrió su espalda. Por un instante se sintió paralizado, pero no había tiempo que perder. Acabó de ajustarse el nudo de la corbata, se retiró del espejo y se fue a besar niños y a abrazar ancianos, en el primer día de campaña electoral.

Published in: on agosto 7, 2011 at 17:21  Comments (4)  
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Paradoxias, heterodojas (II)

He de confesar que tengo una naturaleza feble, mezquina. Prueba de ello es que normalmente no puedo quedarme callado cuando me insultan, mientras que los cumplidos me dejan mudo.

Published in: on agosto 6, 2011 at 00:17  Comments (1)  
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Elipsis y apocalipsis (VII)

Acaso no haya otro infierno que el paraíso perdido.

Published in: on julio 5, 2011 at 20:37  Dejar un comentario  
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Terapia de pareja

Mi marido ha dejado de hablarme, doctor. Y no es porque esté muerto, no. En vida no me dirigía la palabra. Pero durante la misma noche del velatorio empezaron los reproches, los insultos. Y, sin embargo, prefiero sus palabras de odio a ese silencio insoportable con el que me despreciaba día a día. Supongo que ahora, que mi condena es firme, está satisfecho y por eso ha vuelto a callarse. Jamás pensé que tuviera que degollarle para hacerle hablar.

Published in: on junio 26, 2011 at 23:03  Comments (2)  
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Adolescencia eterna

Recuerdo la primera parte de mi existencia como una lucha constante. Tengo un padre autoritario; algunos dirían tiránico. Está acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo desde tiempo inmemorial. No soporto que se niegue a razonar sus directrices, y me resulta especialmente irritante su total carencia de sentido del humor. Hubiera sido más fácil emanciparme de él si nos hubiéramos querido menos, pero precisamente su amor le impedía comprender mis necesidades, mi ansia de libertad. ¿Acaso no tenía yo todo lo que necesitaba? ¿acaso no había previsto él todo para que yo llevara una vida plácida y ordenada como sus otros hijos? Y quizás ése ha sido uno de mis mayores obstáculos: ninguno de mis hermanos mayores osó jamás llevarle la contraria en lo más mínimo. Cuando decidí seguir mi propio camino, ellos reconocían envidiarme, pero ningún otro se atrevió a dejarle.
Mi padre aún no ha superado mi desobediencia. Desde el principio, me advirtió de que, si me alejaba de su lado, sería para siempre. Vanos fueron los intentos de mis hermanos para hacerle entrar en razón.

Ha pasado mucho tiempo desde que fui expulsado del reino de mi padre. Sé que ambos nos echamos de menos. Nos queda toda la eternidad para reencontrarnos, y también sé que, precisamente por ello, ninguno de los dos dará el primer paso, aunque condenemos al cielo y a los infiernos a una guerra perpetua en la tierra…

Published in: on junio 19, 2011 at 14:05  Dejar un comentario  
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Bandas de Moebius (II)

Ayer, cuando mi hija pequeña se fue a la cama, la oí llorar. Le pregunté qué le pasaba y me pidió que me quedara con ella, pues tenía miedo de los monstruos. La acaricié con dulzura y le dije que no había nada que temer, que los monstruos no existen. Quizás, en un futuro no tan lejano, mi hija salga a la calle cuando yo me vaya a acostar; quizás yo le ruegue que no salga tan tarde, que se quede conmigo. Quizás mi hija me sonría y me diga que no hay nada que temer, que los monstruos no existen.  

Published in: on mayo 30, 2011 at 09:51  Dejar un comentario  
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